Creativa Digital, una directora de arte que también hace otras cositas.
Una idea cruzó por
ahí, pausó su
andar, y se disipó antes de que
pudiera
distinguirla.

Te cuento algunas cosas
Cada tanto me gusta que llueva.
Cuando era chiquita, y los días tenían el cielo celeste, la lluvia era violeta. Caía, a veces de golpe, o apenas perceptible, me rozaba y acariciaba la piel, un terciopelo sutil, capaz de ser destruido ante la mínima fricción. Caía y yo era feliz. Dejaba, como constancia de su haber, un mar lila, desperdigado por todo el asfalto.
Todos mis momentos de niñez estaban teñidos de ese violeta tan particular. Correr, jugar a las escondidas, a la mancha. Hacer collares, esbozar mis primeros dibujos. Llorar, estar enojada.
Cuando empecé a crecer, la lluvia violeta dejó de estar en mi vida. Y yo pensé que desde ese momento y en adelante, y casi como una consecuencia de volverse más adulto, no iba a volver a ver una lluvia de colores en días de cielo celeste.
Pero de un momento a otro, me volví a chocar con una lluvia de color. Una lluvia diferente, una lluvia amarilla. Esta nueva compañera me sorprendió de camino al trabajo, se sumó a los mates en la plaza e hizo de oyente en charlas prestadas. Estuvo ahí, hasta en momentos de soledad. Fue una lluvia diferente que me hacía acordar a esas lluvias de la infancia. Una que me marcó tanto como las otras lo hicieron.
Esas son mis lluvias preferidas. Que caen, tiñendo un cielo pulcro, intenso y vibrante. Que llegan sin ser pedidas ni esperadas, pero son bien recibidas. Lluvia aquella, que se vuelve manto que corona mis días preferidos.
Les deseo a todos, lluvias de colores en sus vidas.
Solo hace falta saltar
El ruido se apaga por completo, el mutismo se apodera del momento.
Siento al azul asimilar cada una de las partes de mi cuerpo, cada curva, cada línea, nada se le escapa. Con un escrutinio profesional, encuentra cada centímetro de piel y se acomoda justo a mi lado.
Ejerce una presión casi imperceptible pero tan fuerte que vence hasta la gravedad. Y me encuentro ahí embelesada con la perfección del momento, sintiéndome incapaz de moverme, pero estando muy poco quieta.
Y así, sin esperarlo, se vuelve todo tornasolado. Explicar el tornasol para alguien que nunca lo vio me parece casi injusto. Es transparencia y plata derretida, es incandescencia absoluta y es, a la vez, no poder sacarle los ojos de encima. Es que maree, pero es también sentir que cuanto más lo observás más crees entender, aunque sea tan solo una suposición.
Y cuando la gravedad se toma respiros, cuesta más comprender qué es ese monstruo enorme. Porque es dócil, es amorfo, pero de una fuerza ridícula, de la que no ostenta, pero de la que tampoco se olvida.
Grecia, agosto 2019
19:05hs
Denso. Está todo lleno de partículas sofocantes que les complican el paso. Tratan de hacerse lugar por el tumulto de fragmentos húmedos. Codean, aprietan el paso y piden permiso para llegar a destino. Avanzan, cada vez más cansados, buscando cumplir el objetivo del día.
En algunos lugares el tráfico es demasiado espeso, y no les queda otra que volver sobre sus pasos. Cuando eso pasa, el aglomerado humeante se vuelve luz blanca. Donde nada se distinguía, se levanta una pared marfil que brilla en la espesura de lo intangible. Flameante, ante todos: la derrota.
En días como éstos, son unos pocos los coronados por su triunfo. Observan desde abajo el reñir de sus compañeros, alentándolos a no aminorar la marcha, a concluir con su objetivo. Esperan, un tanto a oscuras, que lleguen más de los suyos para que iluminen el área.
Sin hacer ruido alguno y donde parecía que nada había, se quiebra lo macizo y se le da lugar a la autoridad. La labor del día terminó. Los enviados diurnos pueden descansar, mañana traerá una nueva oportunidad. Abandonan así sus puestos y se sublevan al poder, la luna se ocupa por hoy.
Un pacto de permanencia
Afuera, el viento sopla moviéndolo todo.
Un par de paredes me separan de esa inercia fluctuante, me aíslan.
Adentro, todo está en suspenso. Nos mantenemos estáticos, mirando por la ventana, el correr del aire, cómo arrastra las hojas a su paso, tratando de despegarlas de sus ramas, a veces con éxito, a veces sin.
En sosiego nos mantenemos, respirando apenas, tratando de no perturbar la quietud del ambiente. Mientras una melodía suave y en francés se pasea por el reposado momento y un café se enfría en una mesa baja a mi lado.
Entre significado y significante
Estuvo siempre ahí, erguido en lo alto y distribuido para todos lados como queriendo abarcarlo todo. Estuvo siempre ahí, enorme, ocupando mucho más espacio del que entendíamos. Estuvo siempre ahí y nunca lo vimos.
Un día, y como suceden las cosas en la vida de quienes no frenan para sacarse los zapatos al llegar a casa, si no que se los van sacando mientras continúan caminando, nos lo topamos. Y como fue así, de sopetón, al principio ni reparamos en su magnitud ni en su significado, cruzó por nuestra cabeza, solo por medio instante, como un significante.
Parados ahí, un poco más cerca del otro que de costumbre, miramos para abajo y lo notamos: nos bañaba una sombra que no nos tapaba, pero nos hacía de escudo de un misil ajeno que venía impactándonos sin reparo.
Hicimos de este, nuestro ombú.
Libros viejos
Libros viejos, gastados de tanto ser leídos, sueltan sus tapas para entregarse a una nueva lectura. Se ofrecen auténticos, golpeados por el uso, pero orgullosos de su estado. Se saben eruditos en su narrar, entienden de entrega y se prestan a la conexión ajena.
Empieza el escrutinio y las primeras hojas, temiendo el inevitable destino de quedar despegadas, se separan. Ahora solo el destino definirá si las fieles aliadas formarán o no parte de su futuro.
Libros viejos que se quedan cada vez más solos. Que saben que serán abiertos cada vez con menor frecuencia, que se acomodan en el estante y se amigan con el polvo.
Libros viejos que viven con un solo compañero, que desfila de hoja en hoja, haciendo pausas en su baile cuando las páginas se reencuentran.
Ventanas y cerraduras
¿Qué es más grande un agujero de una cerradura o una ventana? La respuesta es: dependiendo de a qué distancia lo mires.
Si miras un local en planta baja, a través de su ventana, vas a ver las cosas muy claras. Ahora si, si levantás la mirada y lo que tratás es entender que hay detrás de una ventana en un décimo piso estando parada en la vereda, creo que no hace falta decirlo, pero no vas a poder distinguir casi nada de lo que transcurre tras el cristal.
Y pasa exactamente lo mismo con los ojos de las cerraduras. Pasa lo mismo, pero pasa al revés. Hace flata que te pares a un paso de distancia para que el agujero sea un mero espacio negro, que nada entrega. Ahora bien, si lo que hacés es mirarlo con la cara pegada a la puerta, se abre un espectro de universo que parecía no estar ahí hace sólo unos instantes.
Hay personas que son como las ventanas y las cerraduras.
Están las que son más bien ventanas de planta baja, que permanecen ahí, expuestas para que todo el que se pare frente a ellas puedan verlas. En cambio existen también las personas cerradura, que solo dejan ver un espacio en negro, que parece que nada tuviera. Ellas solo dejan que las pocas seleccionadas que se acercan lo suficiente, sean las que vean lo que está pasando dentro.
Ambas personas están ahí, y dejan que el resto las conozca. Lo único que hace falta es saber a qué distancia pararse.
Viajar sola
Hay una canción que dice hay que perderse para encontrarse y cada tanto esa frase se hace demasiado real.
En una caminata perdí mis límites, los límites y la señal de GPS. Me metí por un barrio del que no decían nada en la guía, del que no sabía nada y del que nada quería. Así empieza uno a caminar, se deambula sin rumbo y el todos los días deja de importar. Algo en la cabeza se abre, o más bien se destraba, no hay mapas, no hay horarios, no hay lugar al que llegar.
Me perdí buscando algo sin saber lo que era. Una vuelta, otra vuelta y lo que decías empezó a no tener sentido. Me miré y traté de entender. Terminé más confundida. Y entonces decidí entregarme al sinsentido, paseé por las curvas, retrocedí en las calles cortadas y volví a pasar varias veces por los mismos lugares. El mareo generado por el miedo de la incertidumbre se disipó, dando lugar a una liviandad de andar. Ahora toda la incoherencia pasada hacía sentido. Las voces conectaban palabras cuerdas, que llegaban a mí, me saludaban y se iban flotando como habían venido.
Y de repente sentí que me golpeaba un helado despertar. Empezó pausado y fue incrementando su potencia, hasta erizarme por completo: llovía y yo estaba feliz.
Había encontrado lo que buscaba.
Una idea cruzó por ahí, pausó su andar, y se disipó antes de que pudiera distinguirla.
El aire está pesado. Muchas partículas lo cargan, lo vuelven espeso, perceptible.
Se mantienen todas ahí, suspendidas.
Nada las mueve, están, aglomeradas, codeándose con las otras, sin animarse a fundirse con sus pares.
¿Cuándo van a unir fuerzas? ¿Cuándo van a moverse? Dispersarse o fundirse entre sí y caer al vacío fortalecidas en unión.
Viajes en subte
El olor a subte es demasiado específico.
Fue cuestión de pisar el primer escalón: olor a subte. Ese aire denso, caliente, te choca la cara de lleno, y hace que casi tengas que dar un paso atrás. Esa esencia que ocupa todas las partículas de aire, que pareciera pasar inadvertido, pero que marca fuerte su presencia.
Nada de esto me hubiera sorprendido si no fuera porque hacía un año, o incluso más, que no bajaba por esas escaleras.
Al sentir el golpe no pensé en viajes de subte, en cómo viajaba apretada, en los días de calor a las corridas. No se me cruzó por la cabeza esa oferta especial para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, 3 alfajores triples por el… y bueno, el precio es lo único que siempre cambia del discurso.
El olor me transportó a un libro, o varios en realidad. Volví a estar leyendo y caminando al mismo tiempo, como lo hacía cada vez que me tomaba el subte para ir y venir de la agencia. Leyendo y caminando siempre, ah, y escuchando música. Absorta en otro mundo como para percatarme de que la verde ya estaba casi en el anden y si no me apuraba iba a llegar tarde, de que el señor del perrito ya no estaba en su esquina, si no que se había movido a la de enfrente. Demasiado ensimismada como para entender que había un olor, que estaba ahí todos los días y que era tan fuerte que teñiría, como lo hace una taza de café al posarse sobre un libro, mi memoria en cada uno de los recuerdos de esas lecturas.
Charlas en movimiento y silencios de inmóviles
Dos hombres hablan de forma fluida, compenetrados en la conversación, sentados en un colectivo, mirando para adelante.
De repente, el tráfico obliga al transporte a frenar, la charla se detiene y ambos apuntan sus miradas en direcciones opuestas, que se pierden a través de la ventana.
Transcurren unos largos minutos de un tráfico arrullador. Pareciera que va a avanzar un poco pero no, vuelve a frenar.
Cuando el colectivo arranca finalmente, ellos dos vuelven a mirarse el uno al otro y continúan con la charla, como si ese paréntesis nunca hubiera ocurrido.
La separación
Cuando la gente los veía, sentía que para ellos, el cielo era el destino, que lo suyo no tenía límite alguno. Para describirlos, algunos podrían decir que al verlos, se imaginaban un cielo azul, sin interrupción, donde el final del cielo y el comienzo del espacio se confundían, mezclándose y volviéndose uno.
Un día sin aviso previo, en el cielo apareció algo sin precedentes. Una nube maciza trazó una línea clara, dejando a la vista solo un pequeño fragmento de ese cielo azul, impoluto. Ese trazo prolijo, definido, indiscutible dibujó en el infinito del cielo un horizonte.
Ese fue el día en que todo llegó a su fin. Él, que no le sacaba los ojos de encima, no notó nada, seguía muy embelesado con su persona. Al mirarla, se le escapaban destellos de pasión y admiración. Ella, tan contemplativa, miraba atenta hacia arriba, buscando verlo y entenderlo todo. Al divisar el trazado que el cielo presentaba, entendió que lo suyo había terminado, que ese día había concluído. Que sus días habían llegado a su fin.